CUADERNILLO DE TEMAS TANGUEROS





REDACCIÓN
Daniel Antoniotti
José María Kokubu
Luciano Maia
Carlos María Romero Sosa
Raúl Lavalle

Editor responsable: Raúl Lavalle
Dirección de correspondencia:
Paraguay 1327 3º G    [1057]    Buenos Aires, Argentina
tel. 4811-6998

 nº 3 - 2012
 
PRESENTACIÓN

         La idea de comenzar con este cuadernillo dedicado al tango fue bien recibida por mis amigos, que son muy generosos y me apoyan en mis proyectos. Agradezco a todos ellos y en especial a quienes aceptaron acompañarme en la Redacción.
        En la noción de tango incluimos también sus afines; por ejemplo la milonga y el género campero. Podremos escribir también sobre lunfardo, sobre menciones del tango en las artes, sobre literatura inspirada en el tango. En fin, sobre tantas otras cosas relacionadas con nuestro folklore urbano, aquí y en el mundo. 
         Los esperamos de corazón en estas páginas. Léanlas, amigos, y anímense a escribir en ellas. Puede ser largo o corto, creativo o erudito. Hallarán amigos cordiales, que no apurarán del todo la copa del olvido. 
 R.L.


A TROCHE Y MOCHE
DANIEL ANTONIOTTI


Respecto de “a troche y moche” o también, como veremos “a trochemoche”, y hasta en alguna ortografía “a trochimoche”, pareciera haber cierto consenso semántico y también etimológico, más allá de algunas pequeñas variaciones. Covarrubias es bastante preciso en su observación: “trochemoche está tomado de la metáfora del que yendo a cortar leña al monte, no atendiendo las leyes de la corta, desmocha las encinas sin dejar guía ni pendón, y las demás que se manda, y aun no contento con esto, corta la encina por el pie, que aquello se llama trochar, esto es tronchar, y el mochar, desmochar de donde vino el modo de hablar a trochemoche”.
El diccionario lo define como hacer algo disparatado, inconsideradamente y fija su origen en el verbo trocear: dividir en trozos, y en el verbo mochar: dar golpes con la mocha o cabeza o bien golpe dado con el mocho de un arma. Mocho, por su parte, es el remate grueso y romo de un instrumento largo, como la culata de un arma de fuego.
Pero, tal vez, lo de “troche” puede estar relacionado con el verbo atrochar: andar por trochas o sendas y, más precisamente, ir por la trocha o a campo traviesa para llegar más pronto que por el camino al sitio al que alguien se dirige, lo que resulta solidario con la idea que brinda la expresión de hacer algo a los apurones o con desprolijidad.
Cuando Covarrubias precisa que se tala un árbol sin seguir “las leyes de la corta” es porque el leñador desaprensivo lo hace de tal modo que el árbol talado desde su base no se podía regenerar. La expresión muestra entonces una crítica ecológica que arrancaría ya en tiempos medievales o a lo mejor antes.
En la variante “a trochemoche”, sin la mediación de la conjunción copulativa “y” se enfatiza el sentido del dicho pues esa omisión denominada en sintaxis asíndeton, acelera la acción enunciada. Digamos que lo opuesto es el polisíndeton, en el que se da un uso reiterado de la conjunción con lo que se consigue un efecto moroso en el discurso. Vayan como ejemplo del polisíndeton estos tres versos de un soneto de Fray Luis de León: “… cuando de vos se viere desterrado, / ¡ay! ¿Qué le quedará sino recelo / y noche y amargor y llanto y muerte?”
El significado primigenio de “a troche y moche” como algo hecho de manera irreflexiva, a tontas y a locas, se amplió a algo efectuado con mucha frecuencia, aunque no necesariamente con irracionalidad.
La raíz española se ejemplifica en la literatura del Siglo de Oro. Francisco de Quevedo en las “Cartas del Caballero de la tenaza –donde se hallan muchos y saludables consejos para gastar la mosca y gastar la prosa–”,  emplea el modismo en este contexto, en el que a un pícaro se le pretende adjudicar una paternidad y el fulano en cuestión ni por broma se quiere comer ese garrón: “Señora mía si yo quisiera ser padre, en mi mano ha estado hacerme fraile o ermitaño, no soy yo ambicioso de crías. Y desengáñese  vuesa merced que yo no he de tragar ese hijo, porque no como hijos como Saturno, ni lo permita Dios, y antes muera de hambre que tal trague. Lo que importa es empreñarse a diestro y siniestro; parir a troche y moche, y echarlo a Dios ya ventura.” El sentido de a troche y moche, en este fragmento quevediano da idea de disparate, pero también de cantidad.
En un texto titulado “La perinola”, también de Quevedo un personaje objeta la confección que se ha hecho de un “índice o catálogo de los ingenios de Madrid”, porque acumulaba nombres de manera exagerada cuando en verdad no eran tantos los ingeniosos: “pone a trochemoche –como dicen– cuantos se topó en la basura y heces del ocio de todas partes del mundo”. 
No obstante, el escritor barroco plantea alguna objeción al modismo. En “Cuento de cuentos”, carta enviada por Quevedo a don Alonso Messía de Leiva, efectúa reproches al habla coloquial de su tiempo y, entre otras expresiones que le parecen censurables porque “se nos hacen reacias a la lengua”, es decir dificultosas para pronunciar, menciona “trochemoche”, que de las varias que enumera creo que es la única que sobrevivió. Si no, veamos cuáles eran las otras cuyo uso ha prescripto: zurriburri, a cada triquete, traque barraque, zis, zas, zipizape, a barrisco, irse a chitos, con sus once ovejas y cochite hervite.
El capítulo 32 de la segunda parte del Quijote es de los que transcurren en la casa de los duques, quienes, como varios personajes de esa segunda parte de la novela, conocen al manchego por haber leído la primera: juego barroco moderno, casi vanguardista de Cervantes, que todavía hoy asombra. En ese capítulo, Don Quijote le replica enojado a un cura que lo amonestó en el capítulo anterior al oírlo hablar de magias y encantamientos, puesto que esas cuestiones se dan de patadas con la recta doctrina católica. El caballero, entonces, les atribuye a los clérigos el inmiscuirse en donde no son llamados y “a trochemoche entrarse por las casas ajenas a gobernar sus dueños…” Se mantiene en esta cita la idea de demasía por un lado, y de irresponsabilidad, por el otro. El sacerdote entra en un hogar y se pone a dar múltiples consejos sin conocer la materia.
Por supuesto que “a troche y moche”, como tantas otras cosas, cruzó el Atlántico y supo hacerse la América. Así lo encuentro en una de las Tradiciones peruanas de Ricardo Palma, en las que el autor emplea un español popular y americano, muchas veces irreverente, representativo del habla limeña de la segunda mitad del siglo XIX, en la que se mantienen muchos hispanismos arcaizantes. En un relato titulado “Los pasquines del bachiller Pajalarga” se emplea nuestro modismo de esta manera: “En 1560 era Trujillo (ciudad que fundó Pizarro y de la que se proponía hacer una miniatura de Lima) un infierno abreviado, hervidero de chismes, calumnias y murmuraciones. No había dos familias en buen acuerdo, y es fama que señoras de calidad se dieron de chapinazos al salir de misa mayor. Pero francamente, que cuando ustedes sepan la causa de tal anarquía hallarán disculpable el que la ciudad estuviese como el ajuar de la tiñosa, donde no había cosa con cosa. Era que el diablo andaba suelto y quitando honras a troche y moche”.
Creo que la significación principal de “a troche y moche” en el párrafo es la de algo que ocurre constantemente y si bien generando desorden, el provocador de la situación, el mismísimo Satanás, por los antecedentes que se le conocen, actúa cerebralmente, con conciencia, voluntad y dominio de sí.
Entre los fundadores de la Literatura nacional, Domingo Faustino Sarmiento lo utiliza para darle musculatura a su retórica pendenciera al polemizar con Alberdi. En respuesta a los ataques del autor de Las Bases en la etapa inmediata posterior a Caseros, para ser más preciso en las famosas Ciento y Una sostiene: “El Diario (de Valparaíso, en el que escribía Alberdi) ha apoyado a trochemoche, cuanto sambardo, cuanta violencia ha efectuado el director. Ha apoyado todo, todo, todo.” Se está refiriendo a Justo José de Urquiza, quien había sido designado Director Provisorio de la Confederación Argentina hasta la sanción de la Constitución. Otra vez el concepto de hacer algo a tontas y a locas: muchos argumentos y muy mal fundados serían los expuestos por el periódico chileno.
Algunos años antes, en el Río de la Plata, el uruguayo Francisco Acuña de Figueroa, autor de la letra del himno de su país y también de la del himno de Paraguay, compuso un soneto conforme a los cánones al uso de cierta grandilocuencia neoclásica, en el que comparaba el sitio grande de Montevideo con la resistencia de Leónidas y sus 300 espartanos a los persas: “Baja de las Termópilas gran chacho,” / Gritaba Jerjes desde su alto coche, / Al griego que matando a trochemoche, / Le iba haciendo su ejército gazpacho. // Rosas es un truhán y Oribe un chacho / Propios los dos para tirar de un coche / Que hacen matar su chusma a trochemoche, / Por sitiados que viven de gazpacho.
Aquí con el complemento de modo trochemoche se refleja el número altísimo de muertes, injustificado aun para una situación de guerra, como la que se atravesaba en la sitiada capital uruguaya.
Julio Cortázar recurre al modismo en cuestión en una adivinanza compuesta como trabalenguas, aprovechando repeticiones fonéticas y desgranando algunos lunfardismos. A riesgo de que me tilden de amargado, adelanto la respuesta del acertijo, el personaje aludido, y no nombrado, es el “Che”, Ernesto Che Guevara, claro. “Qué vachaché, está ahí aunque no lo quieran, / está en la noche, está en la leche, / en cada coche y cada bache y cada boche está, le largarán los perros y lo mismo estará / aunque lo acechen, lo buscarán a troche y moche / y él estará con el que luche y el que espiche / y en todo el que agrande y repeche / él estará, me cachendió”.
La máxima lingüística de Ferdinand de Saussure, el padre de la lingüística moderna, postula que la relación entre significante y significado es arbitraria. Es decir que no existe una relación motivada entre la fonética de una palabra y el concepto que ella evoca. En el caso de expresiones como a troche y moche, no se puede descartar una relación fundada entre sonido y sentido, lo que tal vez queda debidamente patentizado en un trabalenguas. A troche y moche, con su rima tan inmediata, es en sí mismo un incipiente trabalenguas y en su sonoridad, tal vez, haya alguna vinculación con su significado de arrebato y torpeza. 
Sea como fuere, queda claro que estamos ante una antigua expresión popular castellana, de probable origen catalán, que se incorporó a la gran literatura y que todavía hoy, a pesar de cierto arcaísmo, resulta vigente, elocuente y creo que muy simpática.

DANIEL ANTONIOTTI


AVATARES DE UN CIRUJA CERCA DEL DUOMO¹
FERNANDO SORRENTINO


En abril de 1999, y con el título de Sette conversazioni con Borges, y “A cura di Lucio D’Arcangelo”, Arnoldo Mondadori Editore publicó en Milán la versión italiana de mi libro Siete conversaciones con Jorge Luis Borges
En su momento, recibí en Buenos Aires las pruebas de imprenta de la traducción italiana. Tras revisarlas con la atención que merecían, envié, el 19 de enero de 1999, una extensa carta a Lucio D’Arcangelo, en la que señalaba una cantidad de errores de traducción, nunca imputables a ignorancia del español sino a desconocimiento de algunos aspectos de la cultura argentina (por ejemplo, confundir cuadrera, ‘carrera de caballos’, con cuadra, ‘caballeriza’).
Afectado de un mutismo que envidiaría la momia de un faraón, D’Arcangelo jamás respondió una sola palabra. Pero, en general, siguió casi todas mis indicaciones y corrigió casi todo lo que había que corregir.
En las páginas 43-44 del original español Borges dice:
                                          […] y yo, que he conocido algo a los malevos,
                                     he observado —cualquiera puede observarlo— que
                                     casi nunca usan el lunfardo. O no sé: usarán una
                                     palabra de vez en cuando. Por ejemplo:
                                                Era un mosaico diquero,
                                                que yugaba de quemera.
                                                Si alguien hablara así, pensaríamos que se ha
                                                vuelto loco o que está ensayando una broma.
                                                Porque nadie habla así. Todo ese lenguaje de las
                                                letras de tango, que tomó en serio Américo Castro,
                                                es un juego literario, no más. 
Los octosílabos lunfardos son obra de Francisco Alfredo Marino (1904-1973) y pertenecen al tango El ciruja (1926). Ciruja es apócope humorística de cirujano, y designa al pobre diablo que vive de recoger desechos de los vaciaderos de basura. Formulada esta aclaración, voy a “traducir” los versos del lunfardo al español:
                                               Era una muchacha presuntuosa
                                               que trabajaba en la quema [de basura].
En las pruebas italianas, Lucio D’Arcangelo colocó un asterisco en el vocablo diquero para explicar su significado. El asterisco remitía al pie de página, donde —azorado— leí:
                                              *È anagramma di “querido”. [N.d.T.]
Como este aserto constituye un disparate mayúsculo, en mi carta le expliqué:
                                              diquero no es anagrama de “querido”; es
                                              palabra que viene del caló español.
                                              Adjunto fotocopia del libro de la máxima autoridad
                                             en cuestiones de lunfardo, don José Gobello.
Y, en efecto, le mandé fotocopia de la página 26 de Vieja y nueva lunfardía (1963), donde, en el apartado “Del caló”, Gobello nos ilustra con su sapiencia habitual:
                                            Dique y diquero son palabras intrigantes. Creo
                                            haber deshecho la intriga mediante dicar, que en
                                            caló es ver. A comienzos de siglo dar dique era
                                            enseñar o dejar ver un objeto, al mismo tiempo que
                                            se lo cambiaba por otro sin que lo notara el interesado:
                                            una variante prestímana de la estafa. Como muchos
                                            otros modismos de la técnica ladronil, adquirió pronto
                                            un sentido traslaticio, y dar dique comenzó a ser,
                                            simplemente, engañar con falsas apariencias.
                                            […]. Luego a quien daba dique, o se daba dique,
                                            como se dice ahora, se lo llamó diquero. Tal como
                                            en los siguientes versos de El ciruja, menos esotéricos
                                            de lo que a simple vista parecen si se tiene en cuenta
                                            que mosaico no es sino una deformación de moza:
                                                Era un mosaico diquero
                                                que la yugaba e’quemera,
                                                hija de una curandera
                                                mechera de profesión.
(Nótese una ligera variante en el segundo verso. En rigor, hay elisión del fonema d; entonces debería ser que la yugaba’e quemera.)
Cuando, hacia mediados de 1999, tuve en mis manos el ejemplar de las Sette conversazioni con Borges, comprobé —doblemente azorado ante el hecho irreparable— que, al pie de la página 39, se hallaba esta información:
                                               *È anagramma di “querido”. [N.d.T.].
Sin embargo, en la página 56, D’Arcangelo añade a mi nota 26 el siguiente corchete, que contradice (y, por suerte, enmienda) la información anterior:
[Esempio di stretto linguaggio gergale, il cui senso è il seguente: “Era una ragazzotta presuntuosa / che lavorava da robivecchi”. N.d.T.].

FERNANDO SORRENTINO





¹ El autor publicó anteriormente esta colaboración en El trujamán, revista del CENTRO VIRTUAL CERVANTES. Agradecemos el permiso del autor para reproducir aquí el artículo. [Nota de la Redacción]





LEMBRANÇAS DE BUENOS AIRES

Lembro de Buenos Aires como quem recorda um dos lugares da infância. Todos os recantos dessa cidade mítica me trasportam a um tempo ideal, que tanto pode ser o de Martín Fierro, o célebre personagem de José Hernández, como o de uma noitada tangueira em dos mais deslumbrantes cafés daquela Buenos Aires dos anos 1930. As seguidas vezes que tive a alegria de rever a cidade reiteram a minha convicção de que Buenos Aires é, para mim, uma das mais belas cidades do mundo.
Buenos Aires preserva uma atmosfera metafísica (como explicar?) que me encanta sempre que caminho por suas ruas e amplas avenidas. A Avenida de Mayo tem um especial chamamento ao passado eterno dessa cidade  que tanto amo. Mas há que citar também a 9 de Julio,  Corrientes, Callao,  Florida, tantas e tantas outras... e aquelas ruazinhas serenas da Recoleta. Para lembrar Borges, não morrerá o "fervor de Buenos Aires". A minha esposa Ana Maria se inclui nesta declaração de amor à rainha do Prata.
LUCIANO MAIA

El autor es de Fortaleza, Brasil. Muchas veces he hablado sobre él y no quiero repetir lo dicho. Baste decir que es uno de los mayores poetas brasileños (para mí, uno de los mayores del mundo de hoy). El curioso puede encontrar más información en propio sitio en la Red: http://www.lucianomaia-memoriadasaguas.com/p/poeta_26.html. Pocas personas aman a Buenos Aires y al tango como él. Habla perfectamente español, pero le pedí que escribiera en portugués este recuerdo. A continuación, transcribo un soneto que testimonia su amor por nuestra ciudad. Es de su libro: As cidades míticas; Novos poemas da Latinidade (Fortaleza, Academia Cearense de Letras, 2012). [R.L.]


BUENOS AIRES
                                 Teus jardins guardam brisas que sopraram
                                 nos rostos de bizarros personagens:
                                 Bioy Casares e Borges os acharam
                                 em suas mais que lúdicas viagens.
                                 Buenos Aires, que luas te ensinaram
                                 a preservar por sempre essas miragens
                                 que em teus cafés de outrora desenharam
                                 os tangos e as canções, milongas ágeis?
                                 E tua fala, de cepa castelhana
                                 Muito guarda dos gestos e do acento
                                 da melodiosa língua italiana
                                 e de um dialeto que se fez lunfardo.
                                 Sem esquecer o épico momento
                                 de Martín Fierro, de um Hernández bardo.    


Luciano Maia (der.) y el poeta argentino
Carlos María Romero Sosa (Buenos Aires, 2012)

Luciano Maia, a la izquierda, Raúl Lavallle,
Manuel Gutman e Miguel Guitter,
después de una cena en

La Recoleta, restaurante de Fortaleza, ciudad del noreste brasileño




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